La otra sala
Los rumores empezaron a las pocas semanas de abrir el nuevo cine. De sus dos únicas salas, una acogía cada viernes un estreno, mientras la otra repetía desde su inauguración el mismo título: “La otra sala”. Era un plano fijo de una sala de cine, con la cámara situada sobre la pantalla y hacia el público, por supuesto de la otra sala. La película comenzaba cuando entraba el primer espectador y terminaba cuando salía el último, y aunque antes del comienzo una voz grave exigía un pacto de silencio, enseguida se corrió la voz, y aquella misteriosa película empezó a recibir cada vez más público, mermando así la asistencia a la otra sala, y por lo tanto la calidad y el contenido de las tramas.
El misterio rodeó siempre lo acontecido. La gente contaba historias fantásticas que permanecen aún como leyendas urbanas. Y como la misma película nunca fue igual, no hubo manera de comprobar nunca nada.
Al final cerraron el cine. Una mezcla de pudor y aburrimiento dejó las salas vacías. En su lugar levantaron un multicines, con películas buenas, malas y ajenas, donde cada espectador mira atento la pantalla, y sueña con ser el protagonista.

